Despensas con olor a sangre

Mtro. José Carlos Hdez. Aguilar

Especialista en Investigación Criminal

y Delincuencia Organizada.

No es noticia que en el oscuro mundo del crimen organizado y como los nuevos Robin Hood en su contexto inglés o de Jesús Malverde en la narco-cultura mexicana, se realicen acciones ‘generosas’ en favor de las comunidades más necesitadas. Desde sus orígenes, gran parte de los Cárteles tanto nacionales como centroamericanos, destinan una pequeña fracción de sus ingresos para dicho cometido ¡Eso sí! en lugares y tiempos estratégicos.

Sin embargo, en los últimos cinco meses, esta práctica se ha visto acrecentada en México y lo peor, que muchas veces con la cautelosa complacencia de las autoridades encargadas del orden, que desde sus propios celulares observan con despreocupación, como los empleados de estas administraciones criminales graban en videos, fotografías o con drones, el momento exacto en que sin cortapisas ni recato alguno, entregan nutridas despensas a las personas más desprotegidas a lo largo y ancho del país; bolsas y cajas de alimentos que visiblemente llevan impreso el nombre del Cártel o del “Señor” que tan amablemente obsequia tan ansiada dádiva, sin que absolutamente nadie se los impida. Corroborándose una vez más, la teoría de los vacíos de poder en México, de los que hemos hecho referencia en otras entregas.


Pero ahora, el planteamiento reflexivo es ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué tanta benevolencia y caridad, cuando sus hechos monstruosos han causado un espeluznante caos en la sociedad, con proporciones destructivas nunca antes vistas?

Ofrecer vastos regalos a una ciudadanía -que paradójicamente se encuentra muy dolida por tanto crimen-, desde su concepción psico-criminológica presenta varias connotaciones emblemáticas, así como claros mensajes multidireccionales en su modus actuandi:


1. En primer lugar, es una forma de expiar las propias culpas, a través de la simpatía y el implícito perdón ciudadano, al ofrecerle sin ‘ningún otro interés’, comida, cobijas, enseres, ropa u otro tipo de presentes básicos. Aunque, por otra parte, también debemos subrayar que muy pocas de estas motivaciones altruistas si se encuentran impregnadas de un carácter sincero, de quien tiene la principal autoría en su realización. Sin embargo, su origen criminal es lo que ennegrece gravemente la buena obra.


2. Por medio de esta falsa pero inteligente filantropía, se muestra explícitamente el gran poderío frente a sus enemigos locales o hasta, a los mismos adversarios que tienen presencia nacional o internacional.


3. Es para sus integrantes, una clara demostración de júbilo hacia el exterior, por la época de bonanza que se vive en las entrañas de su grupo delictivo.


4. Es un mensaje directo para ganar territorios y controlar las “plazas”, donde además de ser tan obsequiosos, puedan expandir sus negocios de la droga, derechos de piso, extorsiones y demás delitos conexos.


5. Bélicamente, se expresa la superioridad de su estructura delictiva frente a un gobierno que se ha quedado arrodillado, indiferente y en ocasiones hasta coludido, ante el avance desmesurado de ese mundo delincuencial, apropiándose simbólicamente de las obligaciones sociales que, por ley, le corresponden a la autoridad pública.


6. A diferencia de los primeros Cárteles mexicanos, lo que más llama la atención en esta nueva etapa que le hemos llamado ¡Caridad con Olor a Sangre!, es la marcada competencia con los grupos antagónicos, para así demostrarse quién es más bondadoso o quien tiene más poder adquisitivo y que casualmente ocurre, cuando existe un gobierno de la república cuya principal bandera enarbolada son los más pobres: “¡El pueblo bueno: el pueblo sabio!” como es llamado por esta administración federal, cuya política combativa hacia la delincuencia organizada, sólo se ha centrado en constantes discursos a manera de prédicas: “¡Háganle caso a sus mamás; piensen en ellas hombre, dejen de cometer balandronadas!” (sic).


Un gravísimo problema pandémico como el que México atraviesa, necesariamente traerá como consecuencia una nefasta recesión como la que ya estamos cruzando. Por lo que esta tragedia, se ha convertido en una inmejorable oportunidad para que los Capos se hagan notar; un sistema antisocial perfectamente constituido que no da tregua y más, en esta crisis económica donde fácilmente se esfuma el dinero líquido entre sus habitantes. De ahí el deprimente comportamiento de un pueblo que con una mano enjuga sus lágrimas, pero con la otra recibe limosnas. Por eso tenemos, que una de las características para que siga coexistiendo airosamente la delincuencia, es la franca aceptación o tolerancia de esa lúgubre cultura de muerte y pólvora dentro del alma social, que, en su doble moralina recibe en sus hogares tan esplendidas y sorprendentes atenciones, aunque estas huelan a sangre: “¡No importa!”.


¡No tiene derecho de quejarse un pueblo, que jubilosamente acepta migajas de sus propios verdugos a los que ingenuamente llama ‘amos’, porque al final sólo eso recibirá; sobras de justicia y abundancia de muerte!

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